Teresa García Justo nació en Luarca, Asturias, en 1957, en una familia en la que dibujar y pintar ya eran gestos heredados: su padre, su abuelo y su tatarabuela dibujaban antes que ella. Su primer intento, cuenta, fue un cómic por viñetas de La Ratita Presumida, hecho a los cuatro o cinco años — el primero de una serie que no se ha interrumpido desde entonces.

No cursó estudios de arte, pero recuerda con cariño los sobresalientes que sacaba en Historia del Arte y en Biología por ilustrar sus respuestas antes que escribirlas: los órdenes arquitectónicos griegos, las partes de una planta, dibujados en el margen del examen. Fuera del aula era, y sigue siendo, una lectora voraz y una amante de la música.

En la adolescencia llegó, como era de esperar, la fascinación por los impresionistas; más tarde descubrió el resto de las corrientes pictóricas. Por esos mismos años empezó también a viajar: salió a recorrer el mundo por primera vez a los diez, y no ha dejado de hacerlo desde entonces.

Dar clases de inglés fue su primer modo de cruzar fronteras sin moverse del todo. Después llegaron los vuelos: tripulación de cabina en Iberia durante los años ochenta, una década entera medida en despegues, aterrizajes y las palabras que se aprenden a fuerza de repetirlas en cada aeropuerto.

Se casó con un sueco y se instaló en Suecia, donde aprendió el idioma y se dejó absorber por sus costumbres: los inviernos de luz corta, la puntualidad como forma de cariño, el silencio como una manera más de conversar. Fue allí, entre esos inviernos largos, donde empezó a pintar con constancia.

Ha vivido en Estados Unidos, Suecia y España, y ha pasado además largas temporadas en Francia. Habla la lengua de cada uno de esos países, y todas, dice, le han dejado una impronta. De cada uno se llevó también amistades que todavía conserva y que hoy están repartidas por medio mundo — el motivo, dice, por el que nunca ha terminado de deshacer del todo las maletas.

Cada cuadro es una manera de volver a un sitio sin coger un avión.

De su pintura destacaría, si tuviera que elegir, el estudio de la luz y el color. Se considera mejor pintora que dibujante y se deja llevar más por el instinto que por el cálculo — aunque reconoce con gratitud a los grandes profesores que le enseñaron buena parte de lo que sabe.

Pinto porque no puedo no pintar: está en mi ADN. La mirada es importante en todos los órdenes de la vida — en la pintura lo es todo.